FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE “MAR DEL PLATA”, EN ARGENTINA

Primera crónica del festival, por FOTOGRAMAS:

Cuando recibimos la invitación para asistir a la 27ª edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, en Argentina, no nos lo pensamos dos veces: nos echamos la mochila a la espalda y, alentados por el espíritu de Willy Fog, nos lanzamos a la aventura. Y así, tras 24 horas de viaje —en ferrocarril, bus, avión y coche a gas—, nos plantamos en la ciudad-balneario argentina que acoge el único festival de categoría A de Latinoamérica. Recibidos con enorme simpatía por el equipo organizativo del evento y hospedados en el fabuloso e inquietante Gran Hotel Provincial —un mamotreto arquitectónico con ecos de El Resplandor‘—, iniciamos nuestra senda por una de las citas indiscutibles del calendario cinéfilo sudamericano. En la primera de las tres crónicas que publicaremos desde Mar del Plata, empezamos a desentrañar las claves del festival a través de LO MÁS

INABARCABLE: Con una pantagruélica programación de unas 300 películas repartidas por quince salas y nueves días de proyecciones, el océano fílmico de Mar del Plata requiere de espíritu aventurero y voracidad cinéfila, además de una buena carta de navegación. De partida, nos proponemos visitar un porcentaje importante de la treintena de puertos/secciones en las que se divide la muestra. Por suerte, los programadores del evento nos echan un cable a la hora de tirar el anzuelo entre la abarrotada programación diaria. Ayer (domingo), por ejemplo, Marcelo Alderete nos advirtió de que no podíamos perdernos ‘Bleak Night’, incluida en la sección Postales del Sur – Nuevos Directores Coreanos. Hacerle caso fue todo un acierto y la película, con la que el joven Yoon Sung-hyun se graduó en la Korean Academy of Film Arts, nos recordó una máxima que teníamos un tanto olvidada: cuando se trata de recobrar la fe en un cine narrativo que cuida sus materiales y mecanismos con mimo artesanal y voluntad autoral, vale la pena mirar hacia Corea.

EMOCIONANTE:‘Bleak Night’ es un prodigio narrativo, una película en la que aparentemente no pasa nada mientras está pasando de todo: por ejemplo, una historia de afectos y rencores que me hizo pensar en Los hermanos Karamazov de Dostoyevski, aunque aquí los tres protagonistas no son hermanos sino amigos. Todo acontece en torno a una enigmática muerte a partir de la cual Sung-hyun elabora un conmovedor y universal retrato de juventud. La película tiene una cierta dimensión moral, aunque no se permite juzgar tajantemente a los protagonistas. De hecho, las motivaciones de los personajes permanecen intactas a lo largo de casi todo el filme y la cámara se limita a abrazarlos: los observa con serena proximidad en la intimidad y se agita cuando los acompaña en sus salvajes juegos de adolescencia. Tratándose de una ópera prima, sorprende el modo en que Sung-hyun domina el vaivén dramático de cada escena y el lugar de dicha escena en el rompecabezas narrativo del filme —cualidades que hacen pensar en un Edward Yang despegado de las radiografías sociales o un James Gray liberado de las sogas culturales—. Y hablando de grandes autores, pongámonos frívolos y digamos que ‘Bleak Night’ parece un drama juvenil del primer Coppola filmado por los hermanos Dardenne. Hacía tiempo que no me sentía tan cómodo dentro de una película, con tantas ganas de acompañar a los personajes, sin miedo a posibles golpes bajos: el placer de saber que estás en buenas manos.

POLÍTICO: Tiene miga lo de irse a la otra punta del planeta a descubrir algunas de las mejores películas españolas de 2012. De momento, hablaré de algunos cortometrajes incluidos en la sección España Alterada, dedicada a la heterodoxia del cine español o, como apuntan los programadores Marcelo Alderete y Cecilia Barrionuevo, “un cine invisible y secreto que escapa a los cánones de los establecido por la industria y el público en general”. Destacaré dos grandes piezas. Primero, ‘The Silence Between Two Shots’, en la que Lluís Escartín revive la Revolución Egipcia de 2011 a través de los testimonios de hombres y sobre todo mujeres que participaron en la revuelta. Desde los márgenes del relato oficial y mediatizado, Escartín concibe la Historia como una suma de voces disidentes, comprometidas y libres. Y luego está ‘Enero, 2012’ (o la apoteosis de Isabel, la Católica), que se convirtió de forma instantánea en mi película española favorita del año. En 18 torrenciales minutos, el Colectivo Los Hijos construye un elemental y lúcido acertijo audiovisual. En la banda de sonido, se escucha la robótica e impersonal megafonía de un bus turístico madrileño que revisa el glorioso pasado patrio —de los Reyes Católicos a Ramón y Cajal, pasando por Santiago Bernabeu—. Y mientras, en las imágenes, vemos los rostros de gente “parada” en un bar, leyendo el periódico o mirando hacia fuera del plano con el gesto afligido. Con la claridad ensayística de Straub o Godard, Los Hijos, igual que Escartín, nos invitan a desconfiar del oficialismo: esa voz insensible aficionada a los cantos de sirena, y que sin embargo permanece muda ante el drama del pueblo: el derribo de su cultura y de los derechos de sus trabajadores.

HABLADO. Mar del Plata se inauguró con la película española ‘El muerto y ser feliz‘, de Javier Rebollo, que en el pasado Festival de San Sebastián se alzó con los premios de la crítica y al mejor actor, por el extraordinario trabajo de José Sacristán en la piel de “un asesino a sueldo que no asesina”. Ambientada en Argentina y planteada como una road movie con tintes noir y acento beckettiano —por su apelación al absurdo—, ‘El muerto y ser feliz’ juega al todo o nada con un experimento narrativo kamikaze: utilizando una voz en off omnipresente, esta película verborreica conduce al espectador por una senda que transcurre entre lo fílmico y lo literario. Mucho se ha hablado acerca de la deuda que tiene el filme con la magistral ‘Historias extraordinarias’ del argentino Mariano Llinás; sin embargo, las diferencias son notables. Allí donde Llinás utiliza su voz en off borgiana para abrir el filme hacia la compulsión narrativa y la fabulación de tintes fantásticos, Rebollo plantea un juego más literal entre voz e imagen. Y quizás sea ahí donde la película pierde la posibilidad de volar más alto. En este sentido, ‘El muerto y ser feliz’, una película crepuscular sobre la muerte y la posibilidad del amor, se sitúa más cerca de un ejercicio como el que propuso en 1948 el chino Fei Mu en la sublime ‘Spring in a Small Town’, donde la voz en off acariciaba las imágenes abriendo deliciosos intersticios poéticos. En todo caso, y a pesar del alcance limitado de la propuesta —en la que resuenan los ecos de Kaurismaki—, Rebollo inaugura una vía de experimentación que refresca el panorama a veces un tanto estancado del cine español.

PINTORESCO. Pensaba que lo había visto todo: cowboys luchando en el espacio, pistoleros enfrentados a alienígenas, Aliens combatiendo contra Predators, e incluso a Gozilla peleando contra King Kong… pero nunca pensé que vería cabalgar juntos, en una misma pantalla, a un samurai y a un gaucho. Ocurrió en la proyección de ‘Samurai’, del argentino Gaspar Scheuer; y lo sorprendente es este cortocircuito cultural tiene un trasfondo histórico semi-verídico. Así, el encuentro en la pampa argentina entre Takeo —un joven inmigrante japonés empeñado en prolongar la senda samurai— y Poncho Negro —un gaucho veterano de la Guerra del Paraguay— ocurre a finales del siglo XIX, un periodo en el confluyó la decadencia de ambas estirpes. Crepuscular y preciosista, de tonalidades más próximas al wuxia que a los grandes referentes del cine de samurais, la película exprime el mito y transforma a sus personajes en iconos bidimensionales. La apuesta podría remitir al cine de Albert Serra; sin embargo, a Scheuer le interesa más bien poco alterar la leyenda con gestos espontáneos y verdaderos, y prefiere constreñir esta (fallida) película bajo su propio híbrido mitológico.

Fuente: Fotogramas.es

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