EL CINE EN 1.000 VESTIDOS

Una macroexposición en el Victoria & Albert recoge los trajes más icónicos de la historia del cine y reivindica la importancia del vestuario en las películas.

En inglés, al ensayo general de una obra se le llama el “dress rehearsal”, el ensayo con vestuario. La diferencia está clara: todos los ensayos anteriores, con los actores vestidos de cualquier manera –y el que conozca a un par de actores sabe lo que eso puede significar, la mayoría se mueve entre dos extremos, o “tirando a mugriento” o “red carpet”– son medio de mentira. Ahora, en el momento en que un actor se calza el vestuario sabe que aquello va en serio. La historia del cine está llena de ejemplos de ropajes que son una parte intrínseca, fundamental del personaje, de Charles Chaplin a Johnny Depp en Piratas del Caribe, pasando por la obsesión de Robert de Niro, que durmió con la ropa de Travis Bickle mientras duró el rodaje de Taxi Driver.

Esta semana el Museo Victoria&Albert de Londres inaugura la que seguramente es la exposición de trajes del cine más ambiciosa que se haya concebido. Allí se podrán ver, hasta el 27 de enero, el vestido de Dorothy en el Mago de Oz, el de Audrey Hepburn en Desayuno con Diamantes, el outfit completo de Indiana Jones, los trajes de Matrix, Harry Potter, los maillots de Chicago y el esmoquin de Marlene Dietrich en Marruecos…básicamente todo lo que uno podría conjeturar en una hipotética “historia del cine en trapos”. Pero la expo pretende ser algo más que una colección de fetiches. Para empezar, pone nombres y apellidos a todos esos trabajos, destacando una figura, la del encargado de vestuario, que suele mantenerse en la sombra. La comisaria que se ha encargado de todo este trabajo de indagación y excavación es Deborah Nadoolman, veterana responsable del icónico vestuario de Blues Brothers y la saga de Indiana Jones y profesora en la University of the Arts (Londres) y el American Film Institute (Los Ángeles).

Nadoolman asegura en el catálogo de la exposición que “el rol del encargado de vestuario es incomprendido por el gran público, la industria y hasta por nuestros amigos”. Para corregirlo, la muestra celebra el proceso de trabajo que hay detrás de los ropajes de filmes tan distintos como El club de la lucha y Elizabeth: la edad de oro. Los impresionantes trajes isabelinos que lucía Cate Blanchett en aquella película dan entrada a la sección “de época” de la exposición, destinada a ser una de las más populares, y en la que también están los trajes de Bette Davis en La reina virgen, Gwyneth Paltrow en Shakespeare in Love y los de las dos María Antonietas, la de 1938 y la de 2006. Clásicos, no teman: también se puede ver el vestido que Escarlata O’Hara / Vivien Leigh se hace con las cortinas de terciopelo verde de Tara.

Algunos, escasos, encargados de vestuario de la época dorada de Hollywood sí trascendieron su oscuridad y se convirtieron en semi-estrellas por derecho propio. Eran, también, los confidentes más cercanos de los actores. Edith Head, que jamás variaba su look registrado (gafitas redondas, flequillo corto) era la preferida de personalidades tan dispares (y tan bigger-than-life) como Barbara Stanwyck, Ginger Rogers, Grace Kelly, Audrey Hepburn y Shirley McLaine. Trabajó primero en la Paramount y después en la Universal, como una figura clave del studio system y vistió, junto a Hal Wallis, a casi todas la heroínas de Hitchcock.

Para ella, los Oscar eran una rutina: fue nominada 35 veces y recibió ocho estatuillas. Está detrás de 1.100 películas, de Sabrina a Vértigo. Con Kim Novak, por cierto, no hizo muy buenas migas. “Puso a prueba todo mi aguante psicológico”, llegó a decir. Hay actores que forman un vínculo irrompible con sus encargados de vestuario y exigen su contratación en todas las películas que hacen. Es el caso de Meryl Streep, que siempre trabaja con Ann Roth. ¿Qué porcentaje del Oscar por La Dama de Hierro se merecen Roth y los maquilladores y peluqueros? Sin esas perlas, sin esos cardados, sin esos zapatos de tacón casi ortopédico y esos power suits en azul Tory, Meryl jamás hubiera sido Maggie.

En la actualidad, la voracidad de la industria del lujo y la promiscuidad entre celebrities y marcas están poniendo en peligro la profesión. La comisaria de la exposición del V&A se muestra hipercrítica con los productores que colocan (solo) firmas de lujo en los vestuarios. Funcionó en casos concretos y siempre recordados (el trabajo de Hubert de Givenchy con Audrey Hepburn) pero, mal entendida, esa práctica supone “un sabotaje a la caracterización genuina”, según Nadoolman, y un tobogán al más burdo product placement. Cubrir a Angelina Jolie de Ferragamo de arriba abajo, debido a un nada sutil acuerdo con la marca, no salvó la desastrosa The Tourist. Y su vestuario no está en la expo: no da la talla.

Fuente: Fotogramas.es

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